Misión, diálogo y cuidado de la casa común

El cuidado de la creación es parte de nuestra espiritualidad cristiana y compromiso misionero, como reflexiona el P. Héctor Javier Cortés Tornel, MG, desde la Misión de Indonesia.

Septiembre 3, 2025

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“La vocación de ser protectores de la obra de Dios
no es algo opcional ni secundario en nuestra experiencia de fe”
(Laudato si’, 217).



Padrinos y Madrinas, quiero compartir con ustedes una parte de mi experiencia misionera en Indonesia, un país de mayoría musulmana, vibrante en vida, diversidad y una belleza natural que sorprende y toca el alma. Desde que comencé mi misión en la isla de Java, he sentido que el Señor me llama a vivir esta vocación no solo a través de palabras o actividades pastorales, sino, sobre todo, en la forma en que me relaciono con las personas y con el entorno que me rodea.

Muy pronto comprendí que mi misión aquí pasa, de manera esencial, por la relación con la creación: en cómo contemplo la riqueza de la diversidad religiosa, especialmente en las expresiones de vida y fe del Islam, en cómo cuido la vida en sus múltiples formas, y en cómo comparto el camino con toda criatura, como hermano entre hermanos.



La creación es misión

Como católicos, creemos en un Dios que es Creador de todo lo que existe. En el libro del Génesis, en las Sagradas Escrituras, se nos presenta la creación como un don de Dios, confiado al ser humano para ser cuidado con sabiduría y amor. Más allá de ser un relato sobre el origen del mundo, es una enseñanza profunda sobre nuestra vocación: vivir en armonía con Dios, con el prójimo y con toda la creación.

Esta vocación se confirma plenamente en Cristo, el Logos, por quien todo fue creado y en quien todo encuentra su plenitud (cfr. Col 1, 15-20). La redención del Verbo encarnado no abarca solo a los seres humanos, sino a toda la creación, que “gime con dolores de parto” (Rom 8, 22) mientras espera la plenitud del Reino de Dios, donde el mal y la corrupción ya no tendrán lugar. Esta visión cósmica de la salvación interpela nuestra misión como Iglesia, que no se limita a transmitir doctrinas, sino a anunciar con la vida y la praxis el Reino de Dios, que es justicia, paz y reconciliación con la naturaleza. En Laudato si’, el Papa Francisco nos llama con fuerza a esta reconciliación, a una verdadera conversión ecológica que transforme nuestra manera de mirar y habitar el mundo. Nos recuerda que “todo está conectado”, que el clamor de la tierra y el de los pobres es un mismo grito, y que el cuidado de la creación no es una opción secundaria, sino parte esencial de nuestra espiritualidad cristiana y de nuestro compromiso misionero.

Esta perspectiva ha sido muy significativa para mí, pues como misioneros estamos llamados a insertarnos en la cultura a donde somos enviados.

Esta tarea, aunque desafiante, está llena de vida porque nos invita a descubrir nuestra relación con la creación en ámbitos nuevos y, sobre todo, a proclamar la vida ahí donde hay signos de muerte. La naturaleza no es solo un tema ambiental: es, también, un puente de diálogo con pueblos que veneran la vida y reconocen, desde su propia cosmovisión, la huella de lo divino en la creación.



La creación como un puente de diálogo con el Islam

En Indonesia, donde se me ha encomendado compartir la vida, he tenido la gracia de pasar muchas experiencias junto a la comunidad musulmana. He compartido momentos cotidianos de trabajo, estudio, celebraciones familiares, tradiciones religiosas como el Ramadán y encuentros fraternales en ambientes naturales. Indonesia posee una riqueza natural majestuosa: montañas, arrozales, selvas, playas; lugares donde se respira el misterio de lo creado.

Una de las cosas que más me llama la atención es el profundo respeto que muchos musulmanes tienen por la creación. He sido testigo de su capacidad de admiración, de su gratitud a Dios por la lluvia, por los paisajes, por la vida sencilla. Escucho cotidianamente, desde las mezquitas, sus oraciones que alaban a Dios como Al-Khãliq, el Creador, el que da vida, el que embellece la tierra. Para ellos, la creación no es un objeto, sino un signo de Dios, un libro abierto que habla de su poder y de su misericordia.

En más de una ocasión, hemos conversado sobre la necesidad de cuidar el medio ambiente, reducir la basura, proteger los bosques y las playas. A veces, sin que yo tocara el tema de mi fe, ellos mismos me decían: “Dios no quiere que destruyamos lo que Él creó”. Esta sensibilidad me ha ayudado a comprender que mi misión aquí, en medio de un contexto musulmán, también puede realizarse a través de un diálogo de vida, una presencia que escucha, aprende, respeta y busca caminos comunes.

Desde esta perspectiva, el cuidado de la casa común se convierte en un espacio de comunión, en una forma concreta de anunciar el Reino sin imponer nada, simplemente testimoniando un estilo de vida evangélico. La casa común no es solo un espacio por cuidar, sino un lenguaje colectivo que creyentes de distintas religiones podemos aprender a hablar juntos.

Mi experiencia en Indonesia, en la ciudad de Malang (isla de Java), me ha confirmado que la relación con la creación no es solo parte de la misión, sino su corazón profundo. En el respeto a la naturaleza, en el diálogo con otras religiones que también veneran al Creador, en la sencillez de compartir el pan o admirar el mar, se abre un camino de fraternidad que anuncia a Cristo sin necesidad de muchas palabras. Por nuestra relación con toda la creación, anunciamos al Dios de la vida que es gratuidad infinita.

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