Por la colaboración entre las distintas tradiciones religiosas
Saber convivir a pesar de las diferencias y buscar puntos de encuentro y fraternidad entre religiones. Sobre este tema nos comparte su reflexión el P. Jorge Luis Montero, MG, desde la Misión de Japón.
Octubre 16, 2025
Autor: P. Jorge Luis Montero García, MG
En muchas familias y ambientes sociales suele decirse que para preservar la paz y la armonía no hay que hablar de futbol ni de religión. A simple vista parece una frase que busca la concordia; sin embargo, solo es el reflejo de nuestra incapacidad de dialogar con quien es diferente, quien piensa y opina distinto, quien tiene otra forma de ver el mundo y la realidad. Es una frase que pone de manifiesto nuestra deficiencia para convivir con el otro, que no es igual a mí.
Actualmente, en la Misión de Japón, formo parte de la asociación de religiones de la ciudad donde me encuentro, y a lo largo del año, tenemos reuniones que buscan profundizar nuestros lazos de amistad como religiones y tejer una red de ayuda mutua a la sociedad en la que servimos. No ha sido una tarea sencilla, ya que dentro del grupo hay representantes de varias religiones: sintoístas, budistas, protestantes, etcétera. Y como representante de la Iglesia Católica, soy el único extranjero en un mundo de japoneses, así que en los encuentros ellos van a su ritmo, por lo que, en ocasiones, se me dificulta entender lo que van compartiendo; sin embargo, hago mi mayor esfuerzo.
Como grupo de diversas asociaciones religiosas, los temas en común son: cómo defender y promover la paz, la justicia y la fraternidad. A través de estas reuniones, tratamos de crear espacios donde podamos trabajar juntos en estos retos. La misión de la Iglesia no consiste solamente en bautizar a diestra y siniestra, lo cual ya es en sí bastante difícil en Japón, sino en dar testimonio de nuestra fe. La historia cristiana es el relato de la Iglesia en misión.1 La Iglesia existe por y para la misión, su historia, su quehacer, su sentido, es en pro de la misión. Parte del trabajo de los misioneros, y de todos los creyentes, es trabajar por la salvación de los seres humanos; no podemos hablar de salvación si no hay paz, justicia ni fraternidad.
En este grupo interreligioso no nos hemos sentado a debatir temas teológicos profundos ni a tratar de presentar cada quien a su propia religión como superior, o a intensificar nuestras diferencias, sino más bien, nos centramos en identificar qué es lo que nos une y las semejanzas que nos pueden ayudar a dar un mejor servicio a los demás. Sin duda, hay diferencias teológicas, antropológicas y culturales, y cuando nos centramos en ellas, es imposible encontrarnos y producir juntos. Por otro lado, cuando nos enfocamos en los puntos que tenemos en común podemos sacar lo mejor de nosotros. Esto aplica no solo a nivel de religiones, sino en todos, como seres humanos.
Dialogar y colaborar juntos no significa estar de acuerdo en todo y ser uniformes. Se trata de ser capaces de vencer nuestras divergencias y realizar proyectos comunes. Recuerdo a un profesor de Filosofía que, hace algunos años, nos decía: “Al menos hay que ponernos de acuerdo en qué no estamos de acuerdo (sic)”. Si bien hay circunstancias en las que no se puede estar conforme, por lo menos hay que reconocer y aceptar en qué no se está satisfecho.
¿Por qué dialogar? ¿Por qué trabajar juntos para promover la paz, la justicia y la fraternidad?
Para que podamos avanzar es necesario esforzarnos por entendernos mutuamente. Sin diálogo ni respeto, será prácticamente imposible. En una conversación son necesarias al menos dos personas: el otro y yo. La conversación con el otro, sus objeciones o su aprobación, su comprensión o sus malentendidos son una especie de ampliación de nuestra individualidad y una piedra de toque del posible acuerdo al que la razón nos invita.2 El otro nos muestra algo más que no habíamos sido capaces de descubrir por nuestra propia cuenta y nos ayuda a proyectarnos más allá.
No obstante, el diálogo entre los seres humanos es una cuestión sumamente difícil. En nuestras relaciones cotidianas, dialogar, en muchas ocasiones, es un bonito sueño que no se concreta, prueba de ello son los grandes problemas sociales, políticos, militares e ideológicos que han azotado a la humanidad a lo largo de los siglos. Cuando hemos sido capaces de dialogar, logramos grandes cosas, pero, cuando no, traemos guerra al mundo, incluso guerras religiosas, poniendo como pretexto el nombre de Dios, porque nos cerramos al otro, pensando solo en nuestro beneficio, en el “yo”, excluyendo a los demás.
El diálogo interreligioso constituye un desafío crucial del que depende, en gran medida, la naturaleza y la credibilidad del testimonio de los creyentes de todas las convicciones en este final del siglo XX.3 Hoy, este diálogo interreligioso se vuelve no solo una necesidad, sino un desafío de la posmodernidad, así como la secularización, el ateísmo e incluso el nihilismo; es un reto que interpela a todas las religiones.
Defender y promover la paz, la justicia y la fraternidad humana no es una tarea exclusiva de la Iglesia, sino de todo ser humano. Es importante que aprendamos a respetarnos y a compartir como hermanos. Podemos comenzar con cosas pequeñas, como no pelearnos solo porque aquel “le va a un equipo diferente” o porque tiene una preferencia política o una fe distinta. No disfracemos nuestra intolerancia con supuesta pasión. El otro es mi hermano y juntos podemos dar lo mejor de nosotros.
Que Dios los bendiga, saludos y bendiciones desde la Misión de Japón. Oremos para que seamos capaces, con la ayuda y la guía de Dios, de hacer la diferencia en nuestra vida diaria y ser defensores y constructores de paz, justicia y fraternidad.
¹ Sthepen B. Bevans y Roger P. Schroeder, Teología para la misión hoy, constantes en contexto, Verbo Divino, Navarra, 2009, p. 44.
² Hans-Georg Gadamer, Verdad y método II, Salamanca, 1992, p. 206.
³ Jean Claude Basset, El diálogo interreligioso, DDB, Bilbao, 1999, p. 391.
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