Espiritualidad y oración con la Palabra

Meditar la Palabra de Dios y orar es tarea de todos los cristianos, en especial de aquellos llamados al sacerdocio, como nos comenta el P. Gabino Blancas Bravo, MG, Director Espiritual del Seminario Menor de Misiones.

Enero 9, 2026

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Autor: P. Gabino Blancas Bravo, MG



Para este mes, la intención de oración del Papa señala: “Oremos para que la oración con la Palabra de Dios sea aliento en nuestra vida”.

Quiero comentarla teniendo en cuenta mi experiencia de trabajo como Director Espiritual, actividad que realizo con los jóvenes en formación en el Seminario de Misioneros de Guadalupe (MG) en Tlaquepaque, Jalisco.

Ante todo, recordemos que la misión de Cristo de parte del Padre fue predicar la Palabra de Dios con todo lo que conlleva: encarnación, redención en la muerte de cruz, resurrección y ascensión. Antes de predicar, Jesús estuvo en profunda comunicación o diálogo íntimo u oración filial con Dios Padre. Esto lo vemos en el Evangelio de san Marcos 1, 35-39: “Jesús, muy de madrugada, antes de amanecer, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí comenzó a orar.

Simón y sus discípulos fueron en su busca; cuando lo encontraron, le dijeron: ‘Todos te buscan’. Jesús les contestó: ‘Vamos a los pueblos vecinos para predicar también allí, puespara esto he sido enviado’”.

Dicho ejemplo de nuestro Señor Jesucristo se toma con seriedad en la espiritualidad de los futuros sacerdotes, pues ahí arranca nuestra identidad como misioneros (que significa “ser enviados”), entendiendo que abarca la formación humana y cristiana, ya que todo ser humano fue creado a la imagen y semejanza de Dios. Así lo enseña la Palabra en Génesis 1, 27: “y Dios creó a los seres humanos a su imagen y semejanza, a imagen de Dios los creó; varón y mujer los creó”.

En nuestra esencia como cristianos, además de ser imagen y semejanza de Dios, hemos sido convertidos por el Bautismo en “hijos de Dios por adopción y herederos del Reino de los cielos” (Romanos 8, 17). En este designio eficaz de Dios se encuentra el fundamento de la dimensión constitutivamente “religiosa” del ser humano, reconocida por la simple razón que desemboca en la expresión “el ser humano está abierto a lo trascendente, a lo absoluto”, aunque no seamos ordinariamente conscientes de ello. Decía san Agustín en sus Confesiones 1.1, 1: “Nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti Señor”. Más específicamente, nuestra espiritualidad está enraizada en las enseñanzas de Cristo. Recordemos las palabras de Jesús (Juan 6, 56): “El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él”. Asimismo (1 Corintios 3, 16): “¿No saben que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”. De esta experiencia religiosa se desarrolla el proceso de una vida espiritual entendida como relación y comunión con Dios.



Como vemos, se trata de una formación espiritual común a todos los cristianos, aunque requiere ser estructurada de acuerdo con la vocación específica de cada uno, comúnmente cristianos laicos, consagrados (religiosos y religiosas), y los consagrados por la imposición de manos episcopal: diáconos, presbíteros y obispos. El decreto del concilio ecuménico sobre la formación al sacerdocio nos pide que la formación espiritual sea viva en trato íntimo, familiar y asiduo con el Padre celestial por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo.

De igual manera, nos invita a buscar a Cristo en la fiel meditación de la Palabra de Dios en activa comunión con los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía. Además, nos pide que amemos y veneremos con filial confianza a la Santísima Virgen María, a quien Cristo nos entregó como madre en la persona de san Juan (19, 26). No te rindas, que la vida es eso: continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, retirar los escombros y abrir el cielo, y entrar a él para reinar eternamente con Cristo.

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