Santa María de Guadalupe es esperanza

Ante los desafíos que enfrenta nuestro país y nuestras familias, debemos pedir su intercesión a Santa María de Guadalupe para que la paz se restaure, como reflexiona el P. Juan José Corona López, MG.

Febrero 4, 2026

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Autor: P. Juan José Corona López, MG



En el Concilio Ecuménico Vaticano II, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, capítulo octavo, describe un aspecto de la misión de la Santísima Virgen María en el misterio de Cristo: “Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: ‘Mujer, he ahí a tu hijo (Jn 19, 26-27)’” LG 58.

La Virgen María nos muestra este amor maternal en su aparición a san Juan Diego: “Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto” NM 26. “Porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores” NM 32.

Mis visitas a cárceles han sido esporádicas, por eso le he pedido al P. José Serafín Anaya, MG, quien dedicó muchos años a la labor misionera en Hong Kong y a la pastoral penitenciaria, que nos relate su experiencia:

La Virgen de Guadalupe, enviada por el Padre, con su mensaje de amor y de liberación, llena de consuelo y esperanza a quienes creen en ella y la invocan, acabando con sus angustias y temores.

Estar privado de la libertad es un pesado castigo, ya sea merecido o no. Más que lo deprimente del lugar y la hostilidad en las prisiones, los internos sufren mental y afectivamente debido a un sinnúmero de preocupaciones que no se pueden solucionar, porque la comunicación para pedir ayuda o atender asuntos urgentes es muy difícil ya que está totalmente regulada.

Bajo esas circunstancias, las personas experimentan soledad e impotencia, y no es raro que se depriman o desesperen. Aquellos que practican una religión, buscan orientación y consuelo en sus enseñanzas religiosas, así como el sentido que pueda tener lo que viven, implorando la protección de seres sobrenaturales. Los cristianos, y otros que no lo son, entre las primeras cosas que solicitan piden una Biblia; no creo equivocarme si digo que uno de los lugares donde más se distribuyen es en las prisiones.

Muchos solicitan libros de oraciones, sobre todo los católicos, quienes oran a la Santísima Virgen, especialmente las mujeres.

Las reclusas que tienen hijos sufren por no poder protegerlos y se sienten identificadas con María, quien no sabía en dónde estaba su hijo y temía que Jesús, en su ministerio, fuera a caer en manos de sus adversarios; como madre, ella padeció con su hijo cada uno de los tormentos de su pasión y muerte sin poder hacer nada más que ponerlo en las manos de Dios; sabiendo lo que María sufrió, ellas se sienten comprendidas por nuestra madre, y a su semejanza y por su intercesión, ponen en manos del Padre a sus hijos y seres queridos, pues saben que el Padre nunca niega lo que María le pide.

Raro es el país católico que no venere a María bajo alguna de sus advocaciones. Para los mexicanos, y no pocos católicos de los países del continente americano, su devoción es guadalupana, muchos no han leído el Nican Mopohua, pero tienen grabadas las palabras que la Santísima Virgen le dirigió a san Juan Diego: “Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas este padecimiento ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante, aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?” NM 118-119, y como toda persona que se abandona a la protección amorosa de María, obtienen el consuelo y la paz del alma.



Por otra parte, el problema de la inseguridad que padece México se hace evidente. La poca confianza en las autoridades y su escasa participación en la prevención del delito influyen en el ánimo para no denunciar. Los esfuerzos y hallazgos de los grupos de madres buscadoras de sus hijos desaparecidos ocupan importantes espacios en los medios de comunicación; sin embargo, sus resultados son mínimos. Estas madres y familias critican que el Estado mexicano no se responsabilice y delegue esta tarea a los propios familiares.

En agosto de 1736, el flagelo de la epidemia golpeó al pueblo de México y dejó miles de muertos en la ciudad, entonces, el pueblo volvió sus ojos a la Virgen de Guadalupe y, en abril de 1737, se declaró su patrocinio sobre la Nueva España, a partir de lo cual comenzó a llover y la infección cedió poco a poco.

Así, ahora el pueblo de México implora a la Virgen por el consuelo de los afligidos, para que lo libere de esta epidemia de violencia.

Notas
LG: Lumen Gentium. Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Concilio Vaticano II.
NM: Nican Mopohua. Traducción y numeración del P. Mario Rojas.
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