Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento de la Biblia católica consta de 27 libros atribuidos a 8 autores diferentes, seis de los cuales son los propios apóstoles de Jesús (Mateo, Juan, Pablo, Santiago, Pedro y Judas) y 2 se consideraron sus discípulos inmediatos (Marcos y Lucas).

El Nuevo Testamento puede dividirse en: 

  • Históricos: Evangelios y Hechos de los Apóstoles.
  • Libros didácticos: cartas paulinas y católicas.
  • Libro profético: Apocalipsis.

 

Los Evangelios se subdividen en dos grupos: los sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas), porque sus narrativas son paralelas, y el cuarto Evangelio (de Juan), el cual hasta cierto punto completa a los primeros tres. Todos se relacionan con la vida y enseñanzas personales de Jesucristo.

Los Hechos de los Apóstoles tratan sobre las predicaciones y obras de los apóstoles, sobre la fundación de las iglesias de Palestina y Siria; en él se menciona a Pedro, Juan, Santiago, Pablo y Bernabé; luego, el autor dedica dieciséis capítulos de veintiocho a las misiones de San Pablo a los greco-romanos.

Las cartas paulinas o de san Pablo son 14 y están dirigidas a iglesias particulares: Romanos, I y II de Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, I y II de Tesalonicenses, o a individuos: I y II de Timoteo, Tito y Filemón. Con respecto a la carta a los Hebreos, tradicionalmente se le considera paulina, aunque en el texto no se indica ni el remitente ni los destinatarios, pero sí se atribuye a la mentalidad de Pablo.

 

Las cartas católicas son 7: Santiago, I y II de Pedro, I, II y III de Juan, y Judas, la mayoría de ellas son dirigidas a los fieles en general. 

 

El Apocalipsis, que se atribuye a san Juan, está dirigido a las siete iglesias de Asia menor (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea), es como una carta colectiva. Contiene la visión que Juan tuvo en Patmos respecto al estado interior de esas comunidades, la lucha de la Iglesia con la Roma pagana y el destino final de la nueva Jerusalén.

 

A través del Nuevo Testamento, de las obras y enseñanzas de Jesucristo, hasta su pasión y resurrección, vemos la verdad definitiva de la revelación de Dios; también narra los comienzos de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo. 

 

Para entender plenamente esta revelación de Dios es indispensable leer el Nuevo Testamento en conjunción con el Antiguo. 

 

Como Jesús decía: “Investigad las Escrituras y así comprobarán que Moisés habla de mí” (Jn 5, 39-45). Y san Lucas, en su relato del encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús, dice que Jesús: “empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó todo lo que había sobre Él en las Escrituras” (Lc 24, 25-27). 

 

Por ello, para nosotros, cristianos católicos, el Antiguo y Nuevo Testamento se complementan mutuamente. Su interrelación es tan completa que sólo a la luz del Antiguo Testamento se alcanza a comprender el primero, y sólo a la luz del Nuevo Testamento nos damos cuenta de lo que el Antiguo quiso decir.