Un corazón que acompaña y envía
¿Qué sueña Dios para tu vida? Dios llama a quienes dan su “sí” con un corazón abierto, como reflexiona el seminarista Antonio Vitor Costa Nunes, al relatar un poco de su camino vocacional hacia el sacerdocio misionero.
Mayo 8, 2026
Autor: S. Antonio Vitor Costa Nunes, originario de Brasil
Desde el Seminario Mayor en México, reciban un saludo lleno de gratitud. Mi nombre es Antonio Vitor, seminarista del primer año de Filosofía. Nací y crecí en Manaus, una ciudad en el corazón de la Amazonía brasileña, donde nuestro Instituto sirve en una parroquia que llamamos Área Misionera Inmaculado Corazón de María, lugar que marcó profundamente mi camino vocacional.
Antes de iniciar mi formación en México, tuve la gracia de acompañar a los jóvenes de esa comunidad. Caminar con ellos, escuchar sus preguntas y compartir sus búsquedas me enseñó que la vocación nace y crece siempre en comunidad. Hoy, siendo uno de los primeros extranjeros en formación aquí, llevo esa experiencia como una fuerza que me anima cada día.
Durante las vacaciones recientes, pude regresar a Brasil y reencontrarme con aquellos jóvenes que, en su momento, me acompañaron en mi proceso y que me enviaron al seminario sostenido por su oración y cercanía. Junto con el párroco, el padre José María Luna Juárez, mg, organizamos un encuentro vocacional para ofrecerles un espacio de reflexión y escucha, donde cada uno pudiera preguntarse con sinceridad qué sueña Dios para su vida. El encuentro fue sencillo, pero profundamente significativo. Compartimos momentos de animación, diálogo y oración. Les conté mi propia historia vocacional, mis miedos y dudas, y cómo he descubierto que Dios no llama a los perfectos, sino a quienes se atreven a decirle “sí” con un corazón abierto.
Uno de los momentos más fuertes fue la adoración al Santísimo Sacramento. En el silencio, muchos jóvenes abrieron su corazón al Señor y compartieron sus inquietudes y temores. Ahí comprendí, una vez más, que acompañar no es tener todas las respuestas, sino saber escuchar, estar presente y confiar en que Dios mismo va guiando cada paso.
Al final, algunos jóvenes se acercaron para decirme: “Gracias por haber dicho sí. Verte aquí nos hace creer que es posible”. Esas palabras tocaron mi corazón porque en ellas vi reflejado mi propio camino. Recordé a los misioneros que caminaron conmigo cuando tenía miedo, dudas e incertidumbres, y que, con su cercanía y testimonio, me ayudaron a confiar y a dar un paso más.
Actualmente, en mi apostolado en el Centro de Orientación Vocacional (COV), acompaño a jóvenes que se preguntan si Dios los llama al seminario. Al escucharlos, vuelvo a encontrarme con mis propias preguntas y confirmo que la vocación nace y se fortalece cuando hay alguien que acompaña con paciencia, escucha sin juzgar y anima a no tener miedo. Así, aquella experiencia vivida con los jóvenes en Brasil no quedó en el pasado, sino que sigue dando frutos hoy, animándome a acompañar, sostener y enviar, como un día otros lo hicieron conmigo.
Regreso al seminario con el corazón lleno de esperanza y gratitud. Ver cómo la semilla sembrada continúa fructificando, renueva mi deseo de seguir formándome para servir mejor en donde el Señor me envíe.
Agradezco de corazón a ustedes, queridos Padrinos y Madrinas. Su cercanía, su apoyo y, sobre todo, su oración, hacen posible este camino. No van al margen de este proceso, sino en su corazón mismo. Los encomiendo cada día en mi oración. Que Nuestra Señora de Guadalupe los acompañe y los cubra con su paz y ternura maternal.
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