Prietitos en el arroz

El P. José Sandoval Íñiguez, MG, nos comparte una peculiar anécdota con los feligreses de la Parroquia de Son Su Dong en la Misión de Corea.

Autor: P. José Sandoval Íñiguez, MG

Viajes, vacacioncitas, fiestecitas, comidas en restaurantes, ¡qué envidia! Sí, es cierto, nos la pasamos muy bien, pero ahora quiero contarles un “problemita” que tuve en la Parroquia de Son Su Dong, en el barrio de Agua bendita, en Seúl, Corea.
Hay que decir que los coreanos son amantes de honrar a los difuntos; por eso, en cada parroquia existe un grupo que se llama la Asociación de las Ánimas, el cual tiene su coordinador, que por lo general, es un anciano. Ellos visten al difunto y avisan a los fieles, sobre todo a los miembros de la Asociación, además, ayudan a la familia del difunto a dar parte en el Registro Civil, preparan la tumba, e incluso se encargan de que la familia haga cafecito para los asistentes.
En Corea, antes no había un cementerio común, sino que cada difunto era enterrado en su propio terrenito. Con la modernidad también llegaron y a menudo son propiedad de la parroquia o de alguna compañía. Muchos fieles de la Parroquia de Song Su Dong añoraban tener su propio cementerio, y más los de la Asociación de las Ánimas.
Fui de viaje a Alemania para conseguir dinero a fin de construir la iglesia vecina en Norunsán, y cuando regresé, pero sobre todo, cuando supieron que los chequecitos iban llegando, empezaron los de la Asociación de las Ánimas a  decirme que la iglesia no urgía y que mejor les diera ese dinero para hacer un panteón parroquial; a ellos se unió una parte de la feligresía, de manera que los fieles se dividieron en dos bandos: los que querían su cementerio y los que me apoyaban.

Para mí fue muy triste ver a la comunidad dividida. Los contrarios fueron a ver a mi Superior Regional, el P. Fidencio Contreras, MG; le decían que yo era muy terco, que me oponía a sus planes. El P. Fidencio no les hizo caso. Mientras tanto, fui al Arzobispado para informar lo que sucedía. El obispo que tenía el cargo de Vicario General de la Arquidiócesis me dijo que me fuera y, si no se calmaban, irían ellos a ponerlos en orden. Pensé: “entre coreanos se pondrán de acuerdo”.
Convoqué a una reunión del Consejo Parroquial, donde se decían las cosas más importantes de la parroquia. Aquello se hizo un pleito horrible: también entre ellos estaban divididos y, como la mitad quería su panteón, a mí me insultaron, lo mismo que al Presidente del Consejo, cuya ofensa me dolió más que la mía, por ser él una finísima y muy educada persona. Sin ponernos de acuerdo, los partidarios del panteón dijeron que el domingo próximo, durante la misa, iban a gritar y a demandar que se hiciera como ellos querían. Eso sonó a una declaración de guerra. Yo le pedía al Señor con todo mi corazón que los calmara.
El domingo vi cómo muchos de los dos bandos entraban en la Iglesia, literalmente, arremangándose. En mi camino hacia el altar sentía que iba al Calvario. Gracias a Dios, fueron escuchadas nuestras oraciones y la Eucaristía se desarrolló con toda calma.
Unos meses después, cumplidos mis tres años en la parroquia, fui a México de vacaciones y recibí una carta que me envió el P. Pablo Álvarez, MG, diciéndome que el encargado del grupo de las Ánimas estaba muriendo y pedía que lo perdonara. Con todo mi corazón lo perdoné y mandé una tarjeta a Corea; parece que la carta no llegó a tiempo, pero el perdón sí que llegó y, si Dios quiere, él y yo nos encontraremos en la casa del Padre Celestial.
A los pocos días, vino de visita un grupo de Corea, venían “revueltos”, es decir, de los que eran amigos y los que se portaron como enemigos. Todos contentos nos paseamos por la Ciudad de México, Acapulco, Guadalajara y puntos intermedios.

El antiguo pleito quedó totalmente olvidado. ¡Gracias sean dadas a Nuestro Dios!

 

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