¿Quiénes somos los Misioneros de Guadalupe?

El P. Alfonso Arceo López, MG, en el marco del 73 aniversario de Misioneros de Guadalupe, nos comparte un poco sobre el ser y quehacer de un misionero y la labor que los MG ejercen en tierras de Misión.

El Evangelio de san Juan nos habla de una mujer samaritana que a una hora muy poco oportuna (al medio día) va al pozo de Sicar a sacar agua (Jn 4, 1-42). Está claro que rehuía el encuentro con las personas, ya que llevaba una vida de pecado y buscaba por todos los medios evadirlas. Pero Jesús estaba ahí y tiene con ella un diálogo inteligente y deslumbrante. Le hace ver que está al tanto de su vida herida por el pecado, pero no se queda ahí, en la censura, sino que abre su corazón a la posibilidad de cambiar su entorno y le muestra que en su interior hay un pozo de agua eterna. Jesús toca delicadamente su corazón. No se limita al regaño, le enseña un modo nuevo de vida, lleno de posibilidades, de redención y de contacto con Dios. En ese breve intercambio, la mujer queda transformada.

 

Deja atrás su contexto de vergüenza y de evasión, y lo cambia por una vida tocada por la pasión hacia Dios. Se vuelve su testigo. La fuerza y convicción de su anuncio es capaz de persuadir a otros para que se sientan seducidos. Esta mujer no es una persona versada en cuestiones bíblicas, ni una especialista en la materia. Es alguien con una vida muy herida por el pecado y que ha experimentado con Jesús “un encuentro transformador”.

 

Esta historia se repite en diversos puntos de los evangelios. Muchos son los que, luego de llevar una vida insatisfecha, tuvieron la gracia de encontrarse con Jesús: Pedro, Zaqueo, Mateo, Bartimeo, una mujer adúltera y muchos más. Digamos que todas estas personas tuvieron dos características: fueron pecadores y le creyeron rotundamente a Jesús.

 

Un misionero es aquel que, de forma personal, ha sentido, en algún punto de su vida, el asombro de encontrarse con Dios. Y esa experiencia le ha llevado a anunciar a Dios a los hombres. Rompe con los obstáculos que la inmensa mayoría nos inventamos para no anunciarlo (“no tengo tiempo”, “no estoy preparado”, “me puedo meter en problemas”, “nadie me va a hacer caso”, “para qué, si el mundo está muy mal”, etcétera).

 

Misionero es aquel que se ha encontrado con la novedad de Dios y que por eso se siente llamado a hablar de Él con el anhelo de que otros también vivan su propio encuentro. Esto se vive como un fuego interior que los años no consumen. Pablo lo dijo con una genial simplicidad: “¡Ay de mí si no evangelizara!”.

 

Hay errores, desvíos, cansancios, sonoros fracasos, incertidumbres, caídas, pero ese fuego de anunciar a Dios no se consume.

 

Y la misión se vive en los ámbitos más diversos: la oficina, el diario encuentro con la vecina, el salón de clases, el mercado, el lugar de trabajo…

 

La misión nace del asombro por Dios, de la pasión de querer que sea conocido y, por tanto, amado. Se trata de experiencias que Él regala sencillamente porque es bueno.

 

 

Los Misioneros de Guadalupe colaboramos en la misión universal de la Iglesia, cobijados por la protección de la Virgen de Guadalupe, de don de nos viene un carisma y un estilo propios para anunciar el Evangelio.

 

Cuando nos acercamos a la imagen de la Virgen de Guadalupe, vamos descubriendo que contiene una gran cantidad de símbolos muy significativos para los hombres y mujeres de la cultura náhuatl (en la que aconteció su milagro).

 

Cada detalle está dispuesto para que, en la tilma del indio Juan Diego, los indígenas mexicanos descubrieran a la “Madre del verdadero Dios por quien se vive”: el color del manto (propio de la realeza náhuatl), el cinturón que rodea el vientre de la Virgen (denotando el embarazo), el lugar en el que está parada, una media luna (símbolo de México), el pelo suelto (señal de que es virgen), los adornos en su manto (signo de la Verdad); su imagen es, en sí, un magistral ejemplo de inculturación, es decir, que el anuncio del Evangelio debe hacerse tomando los signos propios de la cultura en la que se proclama.

 

Los Misioneros de Guadalupe buscamos hablar de Dios cuidando que las personas lo asimilen como algo cerca no a su propia realidad, que no se impone, sino que va en la línea de sus deseos y anhelos. Jesús tenía el don de hablar al corazón de las personas, de mostrarles el profundo atractivo de Dios y demostrar que nada ni nadie podría satisfacer mejor lo que necesitaban para sus vidas. Jesús es el Maestro por excelencia de la inculturación. Por eso, su lenguaje era tan cercano para el pueblo, sencillo, claro, conectado con la realidad. Sus referencias no podían ser más cercanas, familiares, cotidianas y reales: una higuera, una vid y sus sarmientos, una semilla de mostaza, un hijo que abandona la casa familiar, etcétera.

 

Los Misioneros de Guadalupe compartimos el reto de inculturar el Evangelio en los países en los que estamos y nos sabemos protegidos, acompañados, sostenidos y llevados por la Virgen de Guadalupe, Estrella de la Evangelización.

 

Quiero mencionar a nuestros Padrinos y Madrinas, quienes nos apoyan económicamente y, sobre todo, con su oración. Su ayuda generosa es un apoyo esencial para nuestros proyectos misioneros.

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