Semana Santa en Guatemala

La misionera María Teresa Esparza del Río, MLA, nos comparte su experiencia de fe en Zacapa, Guatemala.

Autor: Ma. Teresa Esparza del Río, MLA

 

Quisiera compartirles un poco de mi experiencia en la Misión de Guatemala en 2013, en el Departamento de Zacapa, concretamente en las aldeas de Chastutu, Limones y Guacal Majada.

De Zacapa a Chastutu aproximadamente hay 80 km, después está la aldea de Limones, unos 3 km delante de Chastutu y para llegar a Guacal Majada de Limones, unos 15 km, cuesta y río arriba.

Nos instalábamos todas las misioneras en la aldea de Chastutu. De ahí mi compañera y yo podíamos ir tranquilamente caminando y atravesando el río a la aldea de Limones, que fue donde estuvimos realizando el Triduo Pascual. El primer día fue la celebración de la Última Cena, destacando el servicio en el lavatorio de pies: cada uno lavaba los pies a otro, enfatizando en amarnos los unos a los otros, y en cómo Jesús se quiso quedar con nosotros, en el alimento del pan y el vino, en su Cuerpo y en su Sangre, en comida y bebida; y comprender y vivir que, así como Jesús, también nosotros somos comida y bebida para lo demás.

Aun con todo esto que se iba viviendo, yo tenía una sensación de monotonía y trataba de disponerme en el Espíritu de Dios… sentía que necesitaba una acción más profunda. En el segundo día, volvimos a la aldea de Limones, recorrimos el Viacrucis y, por la tarde, se realizó la adoración de la cruz; de regreso a la aldea de Chastutu, por el camino, se escuchaban muchos pasos veloces, venían aproximadamente 12 personas, cuatro estaban sosteniendo un cuerpo inconsciente de una mujer joven, la traían en una hamaca y sus parientes (conocidos por nosotras) atrás de ella venían llorando y rogando a Dios; por un momento creí que estaba muriendo, ellos bajaban de la aldea de Guacal Majada. En ese instante pudimos compartir nuestra fe; afortunadamente, en la ambulancia la joven llegó a tiempo; posteriormente, el día que subimos a la aldea de Guacal Majada vimos que ya estaba bien.

Por último, vivimos ahí el fuego nuevo, el agua nueva, el día de la Resurrección, cantando, disfrutando y compartiendo los alimentos que teníamos. El Triduo Pascual, lo que le da verdadero sentido a nuestra vida.

¡Se terminó! Nuevamente, como cada día, atravesamos el río, caminando, brincando como sapos en cada piedra, ¡y que me resbalo en una!, cayendo al río con todas las cosas útiles de las celebraciones; hubo risa, pero al mismo tiempo una sensación de pérdida por las cosas materiales.

Vale la pena vivir así, siendo comida para los demás, servir en todo cuanto se presente, mojarnos con el agua nueva y ser fuego nuevo, cargando con nuestra cruz de cada día, compartiendo la fe, aunque sólo sea a través de la sonrisa de un niño.

 

 

 

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