Akina Mama Tuko Hapa! ¡Aquí estamos las mujeres!

Las MLA participaron en un proyecto a favor de la mujer keniana, en el cual se promovieron acciones para mejorar su forma de vida en cuanto a salud, higiene, economía doméstica y catequesis.

Autor: Lic. Rosa María Guadalupe Becerril Gutiérrez, Promotora vocacional MLA

Las Misioneras Laicas Asociadas (MLA) a Misioneros de Guadalupe desarrollamos por algunos años un proyecto a favor de la mujer keniana. 

Primero, se creó una escuela de corte y confección en la que se capacitó a muchas mujeres de Kibera, barrio de Nairobi, donde está ubicada nuestra Parroquia de Cristo Rey. Casi todas las egresadas tuvieron oportunidad de emplearse en la industria maquiladora o de establecer su propio taller.

Andando el tiempo, nuestra escuela se convirtió en un pequeño taller de costura, en el que se elaboraban prendas de vestir y otros artículos con textiles africanos, como el kitenge, el kikoi y las kangas, telas llenas de color que aportaban su colorido también a la vida de quienes trabajaban en ese taller, todas ellas madres de familia –la mayoría solteras y cabezas del hogar– ya que gracias a su esfuerzo, contaban con un ingreso fijo que les permitía mejorar sus condiciones de vida. En muchas ocasiones, especialmente en periodos vacacionales, los hijos de las trabajadoras estaban allí, en el taller, bajo la mirada protectora de sus mamás. 

Un momento muy esperado por estas mujeres era la tarde del viernes. Después de la hora de la comida, se tenía un espacio de catequesis en el que recorríamos con ellas nuestro camino de fe, creciendo juntas y agradeciendo a Dios por lo que en nuestras vidas obraba.

Pero ese taller aportaba luz en otros lugares, ya que lo que se generaba con la venta de productos nos ayudaba a organizar cursos para las mujeres de otras parroquias atendidas por Misioneros de Guadalupe en Kenia. Así, nuestras facilitadoras de Kibera visitaron tierra maasai y compartieron temas de salud, higiene, economía doméstica, liderazgo cristiano e incluso temas legales que brindaban a nuestras mamás maasai elementos prácticos para mejorar su forma de vida, la relación con su familia y su comunidad, e incluso para hacer rendir su escaso ingreso económico.

Por supuesto, nuestra fe católica era un elemento siempre  presente. Además del té tradicional en Kenia, compartíamos con ellas momentos de oración y la Eucaristía. Y algo de lo más hermoso era que nuestras mujeres se convertían en misioneras, llevando a otras el mensaje del Evangelio encarnado en su propia realidad, pues cuando no eran ellas las facilitadoras de los cursos, nos ayudaban con la traducción, ya que si bien el suajili es el idioma nacional de Kenia, muchas mujeres en tierra maasai, especialmente las de mayor edad, hablan sólo el kimaasai. Y si las mla de por sí batallábamos con el suajili, ¡ni hablar del kimaa! Sin embargo, este obstáculo nos motivó como misioneras a empeñarnos en conocer la lengua de los lugares a los que íbamos y al menos aprender algunas palabras que nos permitieran saludar y agradecer a nuestra gente en su propio idioma. ¡Cómo no hacerlo, si Santa María de Guadalupe, nuestra Patrona y modelo de Misionera, se dirigió a Juan Diego en náhuatl!

Durante ese tiempo, Dios me permitió ver cómo las semillas del reino estaban  verdaderamente ahí, esperando el tiempo de germinar y florecer. Y muchas veces, las mujeres a quienes estaba dirigido nuestro trabajo, cultivaban esas semillas. ¡Cuánto aprendimos de ellas! De su generosidad, entrega y perseverancia, de su empeño por alcanzar su sueño de una vida mejor, de su inmutable fortaleza ante los problemas que cada día había que enfrentar: desde buscar y acarrear agua en pequeños pozos ubicados a kilómetros de distancia, hasta apresurarse para regresar temprano a casa a fin de no encontrarse con un elefante a mitad del camino… en fin, tantas lecciones de fe y vida, y tantas sorpresas que la Misión tiene día con día. Sí, muchas veces el misionero resulta evangelizado por la gente con la que trabaja.

Sin duda, las mujeres de Kenia, de México y de todo el mundo somos parecidas: fuertes, valientes, decididas. Por eso te invito, amiga lectora, a que si has sentido la inquietud por compartir los talentos que Dios te ha dado con aquellos que aún no conocen a su Hijo, no tengas miedo. Acércate a nosotros, caminemos juntos para saber si Él te está llamando a entregar unos años de tu vida a la misión ad gentes.

Digamos, junto con nuestras mujeres kenianas: Akina mama tuko hapa! (¡aquí estamos las mujeres!).

Y tú, amigo lector, también estás llamado a esta aventura, ya sea como sacerdote o misionero laico, ¡únete, la Misión te necesita! Contáctanos a través de nuestra Línea Misionera sin costo: 800 0058 100

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