Poco más de siete décadas de aprendizaje

El P. Eugenio Z. Romo Romo, MG, Superior General de Misioneros de Guadalupe, nos comparte una reflexión sobre el significado de ser misionero y el 73 aniversario de fundación del Instituto.

Autor: P. Eugenio Z. Romo Romo, MG

Este 7 de octubre de 2022 los Misioneros de Guadalupe celebramos 73 años de estar viviendo los valores del Evangelio a donde hemos sido enviados por la Iglesia de México: países de primer y tercer mundo, capitalistas y con régimen comunista, de mayoría católica y, próximamente, de mayoría musulmana.

 

Han sido poco más de siete décadas de presencia misionera, y al hacer una mirada retrospectiva de nuestro caminar, es bueno preguntarnos hacia dónde podemos encauzar nuestras reflexiones con relación a la experiencia que adquirimos como misioneros.

 

Me parece que, en estos 73 años, hemos ido descubriendo que, ser misionero, no es tanto llevar a Dios como encontrarnos con Él en los lugares a los que somos enviados; que el Señor es el protagonista de nuestro quehacer en la historia; que Él convierte al otro hacia sí e incluso en nuestra actividad pastoral nos convierte a nosotros mismos hacia Él; que, como portadores de un mensaje, más que predicadores, hemos de buscar acompañar a aquellos que encontramos en los países de misión; que evangelizar es ser evangelizados.

 

En el ejercicio de mi sacerdocio misionero, al verme como un testigo de Él, he ido constatando cada día que, más que ir a ayudar a alguien, es encontrarme a Dios como el Señor que guía y gobierna mi caminar. Ha sido precisamente ahí, a donde se me ha pedido ir, donde se me ha ido revelando que la salvación del otro no depende de mi predicación, sino de Él, mi Señor, quien es el actor de mi propia historia como misionero.

 

He aprendido que, aunque tengo un mensaje que proclamar, esto debe hacerse con respeto, en la creencia del que me escucha y en diálogo con los que he sido enviado, sin cohibirme por ello en el anuncio de la verdad del Evangelio, que es para lo que he consagrado mi vida. No imponiendo mi fe o mis devociones a nadie, sino ser presencia significativa de quien soy amado y a quien amo. Una actitud balanceada en la verdad que pregono y en el respeto profundo de la creencia –religión o fe– del que está frente a mí, a quien yo también he de escuchar; una actitud así es la que hace que me nombren “misionero”.

 

 

Mi devoción a la Virgen de Guadalupe, asimilada desde niño, cuando mi mamá me hablaba de ella, es un garante que fortalece mi entusiasmo para que mi presencia sea de esperanza de vida con quienes me encuentro en el camino, atento a las necesidades de aquellos que, con queja de desánimo, me buscan para hallar solaz, a fin de que, participando en sus penas y angustias, así como en sus alegrías y esperanzas, avance en el camino de Dios.

 

Tener una verdad plena que anunciar, como lo es el Evangelio vivo de Jesús Resucitado, hecha en diálogo y con actitud de escucha ante otras creencias, lejos de una postura soberbia donde yo tengo la verdad, me parece que nos sitúa en la dinámica del carisma de Misioneros de Guadalupe.

 

¡Felicidades, querida familia misionera! por este LXXIII aniversario de fundación de nuestro instituto. Han sido varias décadas que nos siguen proyectando a ser testigos de lo que la Iglesia de México ha formado y sostiene en nosotros, Misioneros de Guadalupe.

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